“Yo soy el soldado que durmió en tu casa”

Durante la guerra con Hamas (como en otras ocasiones), el Ejército de Israel se vio obligado a tomar posición en casas de familias que estén bien ubicadas, con el objetivo de responder el fuego a los puntos exactos de donde provienen. Esto, obviamente, tiene como consecuencia que durante un tiempo indefinido los habitantes de la casa deben abandonarla, y que los soldados deben ocuparla. Sí, dije ocuparla. En la guerra suceden cosas malas, todos lo sabemos. Y por ello, Ishai Goldflam, soldado de la reserva que combatió en Gaza, le dejó la siguiente carta a la familia que habita la casa que ocupó:

En momentos en que el mundo alza sus ojos hacia las ruinas de Gaza, tú puedes regresar a tu casa, que si bien quedó en pie, bien sabes que alguien estuvo en ella durante tu ausencia. Pues bien: ese alguien soy yo.
Durante largas horas traté de imaginarme cuál sería tu reacción cuando entrases de vuelta a tu casa; qué sentirías en el momento en que comprendieras que soldados israelíes durmieron en tu cama, se taparon con tus frazadas. Sabía que te enojarías y te entristecerías. Que sentirías una profunda humillación al comprobar que tus enemigos más acérrimos se metieron en lo más íntimo de tu vida privada. Estoy convencido de que me odias; que me odias de verdad, y que no tienes el menor interés en escuchar lo que tengo para decirte. Y a pesar de ello, me es muy importante decírtelo, con la esperanza de que le prestes un mínimo de atención a mis palabras.
Durante largos días me alojé en tu hogar. Podía sentir tu presencia y la de tu familia, en cada rincón de la casa. Vi colgadas tus fotos familiares, y no pude dejar de pensar en mi familia. Sobre la cómoda, vi los perfumes de tu mujer, e inmediatamente pensé en la mía. Vi los juguetes de tus hijos, y los cuadernos de sus clases de inglés. Vi tu computadora, y cómo arreglaste el módem y el teléfono inalámbrico al lado del monitor, exactamente como lo hice yo.


Quiero que sepas que a pesar de los destrozos que encontraste en tu casa, producto de la búsqueda de explosivos y túneles (que sí fueron encontrados en otras viviendas), traté de respetar todo lo que consideré que te era más importante. Cuando tuve que correr la mesa de la computadora, desconecté todos los cables y los acomodé ordenadamente sobre el piso, como lo hubiera hecho con la mía. Incluso la cubrí con una tela. Cuando la ropa se dispersó al mover el ropero, intenté reacomodarla; no del modo en que tú lo hubieras hecho, claro está, pero por lo menos para evitar que se disperse.
Ya lo sé: la destrucción, las marcas de disparos en las paredes, las casas de tus vecinos convertidas en montañas de escombros, seguramente hacen que lo que te escribo te parezca ridículo. Aun así, te pido que me entiendas, que nos entiendas, para que dirijas tu enojo y tus críticas a quien las merece. Decidí escribirte esta carta, justa y precisamente porque haber vivido en tu casa.
He podido ver que eres una persona inteligente y culta. Miembros de tu familia estudian en la Universidad, tus hijos aprenden inglés, estás conectado a Internet. No eres ningún tonto, sabes bien lo que ocurre a tu alrededor. Por eso estoy seguro que sabes que, desde tu propio barrio, dispararon con cohetes Kasam hacia poblaciones de Israel.

¿Cómo pudiste observar los lanzamientos, semana a semana, y no suponer que algún día diríamos: ¡basta!? ¿No se te ocurrió pensar que, quizás, no era correcto disparar misiles contra civiles inocentes que intentaban llevar una vida normal, al igual que tú? ¿Cuánto tiempo pudiste creer que nos quedaríamos cruzados de brazos y sin hacer nada?
Escucho lo que seguramente me respondes: No eres tú, sino Hamás. Mi intuición me indica que no eres su más entusiasta seguidor. Y que si consigues mirar a los ojos a la triste realidad en la que tu pueblo está inmerso, y logras evitar engañarte con las manidas excusas sobre la “ocupación”, llegarías a la conclusión de que Hamás es tu verdadero enemigo.
La realidad es tan sencilla, que hasta un niño de 7 años la entendería: Israel se retiró de la Franja de Gaza, y desalojó hasta el último de los colonos y las bases militares. Seguimos proveyéndoles de electricidad y mercancías, a pesar de la retirada. Y eso lo sé bien, porque como soldado reservista tuve que patrullar en uno de los cruces fronterizos, y vi con mis propios ojos a cientos de camiones colmados de los productos más diversos, ingresando a Gaza sin ninguna clase de restricción.
A pesar de todo, por motivos incomprensibles y carentes de toda lógica y razón, Hamás continuó disparando misiles contra localidades israelíes. Durante 3 años, apretamos los dientes y nos contuvimos. Pero eventualmente ya no pudimos soportarlo más, e ingresamos a la Franja y a tu barrio, para alejar a quienes pretenden matarnos. Una realidad dolorosa, pero relativamente simple de describir.
En el momento en que concuerdes conmigo en que Hamás es tu enemigo, y que por su causa tu pueblo se encuentra pauperizado y oprimido, terminarás comprendiendo que el cambio debe venir de ti. Soy absolutamente consciente de que es más fácil escribirlo que hacerlo, pero no le veo otra alternativa. Tú, que estás conectado al mundo, y que te preocupas por la educación de tus hijos, debes conducir junto a tus conciudadanos un movimiento de resistencia popular contra Hamás.
Puedo asegurarte, que si la población de Gaza se abocase a asfaltar caminos, a levantar escuelas, a abrir fábricas y a crear nuevas instituciones culturales, y no se dedicase continuamente a compadecerse de sí misma, a traficar con armas a través de túneles y a cultivar el odio contra sus vecinos israelíes, tu casa ahora no estaría destruida. Si tus líderes no fueran corruptos y no estuviesen cegados por el odio, tu hogar en este momento estaría intacto. Si alguien se hubiese revelado y gritado a los vientos que el lanzamiento de misiles contra civiles inocentes es un sinsentido, no hubiese tenido que vestirme de soldado e instalarme en tu cocina.
¿Me dices que no tienen dinero? Tienen más de lo que podrías imaginarte. Aún antes de que Hamás se apoderase de Gaza, durante el gobierno de Yaser Arafat, millones de dólares ­ y por qué no, miles de millones ­, donados por las naciones del mundo, fueron usados para adquirir armamentos, o fueron a parar a las cuentas bancarias de vuestros líderes. Los países del Golfo, los Emiratos, sus propios hermanos, sangre de su sangre, se encuentran entre las naciones más ricas del globo. Si hubiera una mínima solidaridad entre las naciones árabes, si hubiesen tenido algún interés en la reconstrucción del pueblo palestino, vuestra situación sería hoy radicalmente distinta.
Habrás oído hablar seguramente de Singapur. Su territorio no es mucho más grande que la Franja de Gaza, y está considerado el segundo país más densamente poblado del mundo. A pesar de ello, Singapur es un estado exitoso, pujante y excelentemente administrado. ¿Por qué no podrían serlo también ustedes?
Amigo mío: Quisiera llamarte por tu nombre, pero obviamente no lo haré aquí, en público. Quería que sepas que estoy convencido en un 100% de la buena fe de las acciones de mi país, de lo que hizo mi ejército, y de lo que yo mismo hice. Pero puedo sentir tu dolor, y lamento la destrucción que descubres en tu barrio en estos mismos momentos. Personalmente, hice todo lo posible por minimizar los daños en tu casa.
En mi opinión, tenemos mucho más en común de los que podrías imaginarte. Yo también soy un ciudadano, no un soldado, y no tengo ­ en mi vida cotidiana ­ ningún vínculo con el ejército. Pero tengo la obligación de salir de mi casa, ponerme el uniforme y defender a los míos cada vez que alguien nos ataca.
No tengo el menor interés en volver a tu casa uniformado, pero me encantaría retornar algún día como huésped, sentarme en tu hermoso balcón y saborear contigo un té bien dulce de salvia, de esa que crece en tu jardín.
La única persona que puede conseguir que eso ocurra algún día, eres tú.
Asume tu propia responsabilidad, la de tu familia y de tu pueblo, y toma el control de tu propio destino. ¿Cómo hacerlo? No lo sé. Quizás haya que aprender de la manera en que los judíos sobrevivieron a la mayor tragedia humana del siglo XX, sin compadecerse de sí mismos y sin ahogarse en sus propias lágrimas, sino que por el contrario, tomaron su suerte en sus propias manos, y construyeron un estado floreciente y pujante.
No es imposible, y está en tus manos. Estoy dispuesto a estar allí para poner el hombro, apoyarte y ayudarte. Pero sólo tú puedes poner en marcha las ruedas de la historia.
Tuyo,
ISHAI GOLDFLAM, soldado  reservista. Estudiante en la escuela de cine y televisión “Sam Spiegel”, Jerusalén

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