Mis Gloriosos Hermanos

JANUCA, día UNO, velas DOS (una es el shamash,encendido 1era vela la que enciende las restantes velas).

Empiezo el conjunto de posts sobre el jag con el que es el mejor libro sobre los Macabeos:

“Mis Gloriosos Hermanos”, de Howard Fast.

Quien no lo leyó, esta semana es un buen momento. Si, ya sé, es época de exámenes. Pero es una novela. Y es impresionante. Y al terminar de leerla (y releerla algunas veces más, desde entonces) me sentí muy orgulloso de ser iehudí.

Aquí va la dedicatoria del autor, para tentarlos:

Poco más de un siglo y medio antes de la era común, un puñado de labradores judíos se levantó contra los conquistadores sirio-griegos que habían ocupado su país.

Por espacio de tres décadas libraron una batalla que, como esfuerzo de resistencia y liberación, casi no tiene paralelo en la historia de la humanidad. Fue, en cierto sentido, la primera lucha moderna por la libertad y estableció una pauta que siguieron muchos movimientos posteriores.

Esta historia, celebrada aún ahora por los judíos de todo el mundo con la festividad de Januca, o Fiesta de las Luces, es la que he tratado de narrar aquí, considerando que en esta época trastornada y áspera es útil y necesario recordar la antigua entereza del género humano.

Todo lo que puede tener de bueno este relato lo debo al pueblo que recorre sus páginas, ese maravilloso pueblo de la antigüedad que con su religión, sus normas de vida y su amor a la patria, forjó la espléndida máxima de que la resistencia al tirano es la forma más genuina de la obediencia a Dios.

 

 

Quien siga con ganas de leer, aquí está el prólogo:

 

(Contado en 1era persona por Simón Ben Matitiahu, uno de los cinco hermanos que lideraron la revuelta)

 

¿Cómo podría explicar a los que no son judíos, sino foráneos, extranjeros, o como decimos nosotros, nojrim, todo lo que significa para nosotros la expresión “el Macabeo”?

Macabeo es una palabra muy antigua; una palabra de un pueblo que profesa una curiosa veneración a las palabras. Nosotros somos el pueblo de la Torá, del Verbo [la Palabra] y de la Ley; y en la Ley dice: “No mantendrás a tu esclavo en la ignorancia”. Vivimos en un mundo en que muy poca gente sabe leer y escribir; pero en nuestro pueblo lee y escribe el más vulgar de los aguadores. Para nosotros las palabras no son cosas que se puedan pronunciar disparatadamente o al azar. Macabeo es una palabra antigua, muy antigua; una palabra extraña. No obstante, aunque leamos los cinco libros de Moisés y todos los demás escritos de la antigüedad, buscaremos en vano en ellos la palabra Macabeo; no figura en ninguna parte.

Es por la naturaleza de la palabra; no se rata de un título que pueda asumir una persona, sino de un don que sólo puede conceder el pueblo. En los tiempos de mi padre no había Macabeos, ni en los tiempos de mis abuelos, ni en los de mis bisabuelos. Pero hablando con los viejos y con los rabíes, de Gedeón nadie dice Gedeón ben Joas, que era su nombre; lo llaman, en cambio, amable y cariñosamente, “el Macabeo”. ¿Más cuántos hombres hubo como Gedeón? No le dan ese nombre al Rey David, y ni siquiera a Moisés, que estuvo delante de Dios; pero se lo dan a Ezequias ben Acaz y quizá a uno o dos más. Hablando de ellos, dicen “Fueron Macabeos”.

No es un vocablo como “melej” (rey) o “rabí”; ni siquiera como “adón” que significa “mi señor”, aunque de una manera extraña y venerable que es difícil de explicar. El Macabeo no es el señor de ningún hombre, y ningún hombre es su esclavo o su sirviente. A veces, pero muy de tarde en tarde, surge en el pueblo un hombre que es del pueblo y para el pueblo; a ese hombre lo llaman Macabeo, porque lo aman. Según algunos esa palabra era originalmente makabet, que significa “el martillo”; aquel hombre sería un martillo que empuñaba el pueblo. Según otros el vocablo significaba antiguamente “destruir”, porque el que llevaba aquel nombre destruía a los enemigos de su pueblo. Yo sólo sé que es una palabra única en nuestra lengua, un título, usado por muy pocos hombres; y yo conocí muy pocos hombres que merecieron usarlo.

El Rabí Ragesh dijo por su parte que sólo había uno; y a él se lo dio.

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